Emoción contra Razón

Corazón contra Razón

Da igual el nacionalismo que sea, todo nacionalista nos argumentará que es una emoción, un sentimiento. La identidad diferencial no es racional. Es. No se puede negociar, porque no se puede renunciar ni se puede disfrutar parcialmente, sin perder su atractiva satisfacción emocional.

Nacionalismo español, catalán, vasco, gallego, valenciano, andaluz… el que sea. Emociones.

Pero no. El nacionalismo Catalán ha conseguido recientemente darle la vuelta a esa idea hasta justo lo contrario y por motivos contrarios.

En el momento más claro de los últimos años en los que las cuestiones económicas son la principal preocupación de los pueblos, también el catalán, su sentimiento es más sentimiento que nunca.

Cerebro o Víscera

Cerebro o Víscera

Y en el momento que más sentimiento y necesidad hay de unidad para sacar España hacia adelante, más racionalmente piensan que el Estado actúa contra ellos, como una maquinaria estratégica para seguirles explotando económicamente. Deshumanizado, sin empatía hacia ellos. Que paguen y no reciban. Ninguna solución buena si pueden evitarlo. La maldad racional para el beneficio de otros.

Ese es un mérito de nacionalismo.

Hace 10 años, el sentimiento Español se enfrentaba con el racionalismo económico Catalán que negociaba cada cosa por la peseta o por el euro que lo valía.

En cambio, ahora el maquiavélico cerebro Español, pelea fríamente contra el compungido sentimiento puramente emotivo catalán, caliente y humano.

No se puede vencer a la emoción sólo con la razón, cuando la emoción es de diseño y es exitosa. ERC y CIU lo han hecho muy bien desde el punto de vista de la comunicación.

Sobre todo no se puede vencer sólo con la razón, porque no es verdad que sea la razón del «bienestar social-economico» la principal razón de la resistencia del resto del país. Quizás debería serlo y hay argumentos irrefutables. Pero la mayor parte de los españoles no sabemos bien de números justos o injustos. Sabemos de que sentimos España como una casa común, y como «los españoles» a los que nos gusta sentirnos dueños de nuestra casa, da igual donde vivamos.

No vendo mi casa.

(La Caixa no me deja todavía)

Dejemos de dar los argumentos razonables para los que nos han puesto sus zanahorias ideológicas y mediáticas. Son sentimientos enfrentados. Sólo eso.